EL INSTANTE
¿Nunca os habéis preguntado, lo que les ocurre a los personajes de los libros, cuando dejamos de leer?. Es normal, porque generalmente nuestra fantasía se acaba en ese momento, cuando continuamos con la vorágine de nuestros quehaceres, o nos dormimos vencidos por el sueño.
Pero si eso no ocurriera y la fantasía prosiguiese, sí sería posible imaginar la angustia de esos personajes que sólo tienen unos instantes de gloria, sólo unas líneas de vida, y en algunas ocasiones, esos momentos quedan pospuestos, porque el libro se cierra sin haber llegado a leerlos.
Esta es la historia de uno de esos personajes insignificantes, ubicado en una página del interior de un libro de más de 300, que estaba deseoso de aparecer, desde que aquella señora de aspecto amable y voz dulce, decidió llevarse el libro a su casa. Esto no había sido fácil, pues la señora estuvo dudando entre dos libros durante un buen rato y el vendedor le recomendaba el otro, pero había algo en este que la decidió.
Lo pagó y lo metieron en una bolsa. La señora hizo otras compras y finalmente llegó a casa. Sacó el libro y lo colocó en la mesilla para leerlo después de cenar.
Todos los personajes del libro sentían impaciencia por el momento en que comenzara la lectura. Sabían por experiencia, que aunque las líneas escritas fueran las mimas en todos los libros, cada persona imagina el entorno y los hechos a su manera, con lo cual tenían la certeza de comenzar una nueva aventura cada vez. De entre todos los personajes, había uno especialmente nervioso. No era un protagonista, ni siquiera era un secundario. Era simplemente el recepcionista de un hotel que tenía sólo una pequeña conversación con la protagonista. Su aspecto era indefinido y cambiante, según quien estuviera leyendo, pero en general nadie se fijaba en él.
Los demás no se explicaban el porqué de su ansiedad, pero todos intentaban tranquilizarle. Él sabía que deseaba aparecer, decir sus frases lo mejor posible, pero sabía que luego le olvidarían.
Era como si la vida se le escapara sin enterarse. Los demás le animaban diciéndole que sin él, la protagonista no podría entrar en el hotel y solucionar los problemas que la habían llevado allí, pero la angustia continuaba encogiéndole el estómago. Decía que a todos nos gusta perdurar en la memoria de alguien y que él no tenía esa oportunidad.
Por fin la señora cogió el libro entre las manos y comenzaron las aventuras. Los decorados se montaban en un instante, aunque a veces faltaba algo, que aparecía de pronto, ya que la señora no había reparado en ello antes. Pero salvo esos pequeños problemas, todo salía bastante bien.
El recepcionista tenía para largo, pues salía en el último tercio del libro, por lo que suponía que tardaría dos o tres noches en llegar a sus frases. No podía imaginar que esa noche la lectura duraría tanto.
Ya llevaban la mitad del libro, todo sucedía a gran velocidad. Las hojas iban avanzando, pasaban y pasaban.
La protagonista había emprendido, por fin, el viaje en coche que la llevaría al hotel, veinte páginas después.
Es verdad que en esas páginas había personajes, como el recepcionista, con pocas frases, pero estaban tranquilos, y cuando cumplieron su papel, se retiraron sin más.
De pronto, cuando el recepcionista vio entrar a la chica en el hotel y se disponía a hablar, la señora cerró el libro y apagó la luz, ya no podía seguir leyendo, se estaba durmiendo.
Nuestro personaje, experimentó más fuertemente la angustia. No era justo que en su “único momento”, su “instante”, no pudiera decir sus frases y temía que cuando se reiniciara la lectura, pasase aún más desapercibido.
Su momento había quedado en nada y cuando la noche siguiente, la señora cogió el libro y comenzó a leer, cumplió con su deber y recibió a la chica con la formalidad propia de su trabajo, pero comprendió, que no se puede depender de nadie para ser uno mismo, aunque se fuera un personaje sin nombre y con sólo unas frases en un libro de más de 300 páginas.



la bruja del Ojuelo dijo
........."comprendió, que no se puede depender de nadie para ser uno mismo". Realidad perenne. Pero para llegar a ello, también tú nos hiciste esperar, cierto que de una manera muy amena, desarrollando con suma sutileza la descrpción de algo tan breve, conociendo perfectamente las pautas para una lectura perfecta, sensibilizándonos para ello.
Cuantas veces nos cuestionamos a nosotros mismos, imponiéndonos sinrazones, que luego se demuestra, como es el caso, que no es necesario plantearse situaciones agoviantes.
Un beso, Lola.
23 Mayo 2007 | 09:59 AM